Volviendo a enhebrar

Coser deja de estar en demodé en la localidad de Getxo

Es común tener el bajo de la camiseta descosido y que no haya día en el que no se arrastre el bajo del pantalón por los malditos charcos de esta ciudad tan húmeda, pero nunca te imaginas enhebrando un hilo Gutermann, 100% poliéster, y arreglando aquello que el tiempo, y alguna que otra polilla, se han empeñado en destrozar. Lo de los periodistas consiste más en remangarse para no manchar de tinta los puños de la chaqueta y, si eso, sujetar el tapón del bolígrafo negro entre los labios; con ceño fruncido, con letra horrible. Sin embargo, otras bocas sujetan alfileres por diminutas cabezas, y se dejan a la vista muñecas seguidas de hábiles dedos capaces de medir en centímetros por pulgares y doblar al tacto cualquier tipo de tela.

Kanviox se llamaba aquellos 15 metros cuadrados en Getxo, de suelo de parqué y paredes blancas, no obstante nada había cambiado en décadas, o al menos eso parecía. Era una auténtica academia de corte y confección, como las de antaño; tanto era así, que hasta pizarra tenían, pero habían sustituido el viejo mineral y la engorrosa tiza por un plástico inmaculado y un rotulador que olía a rayos.

Las conversaciones son muy agradable y las clases muy dinámicas”. –Carmen Landecho.

Ninguna de las allí presentes, mientras conversan, levanta la vista del dedal, la puntada y el hilo. Otras, en cambio, se recuestan hacia delante sobre unas grandes mesas repletas de papeles tamaño XXL –para cuántas líneas daría con un solo folio de esas dimensiones- y remarcan a lápiz del número dos, los del extremo rojo, líneas dignas de ingeniería mecánica a ojos de un aficionado de letras. Son patrones, el desglose necesario en dos dimensiones de todas aquellas prendas que visten al mundo.

Retomando los hilos

Una zapatera entiende de zapatos; de medidas y costuras, nada; las tallas, si acaso, y de qué cordones anudar. Por eso, y porque coser estaba de capa caída, María Dolores Marín jamás pensó en hacer hueco en su pequeña zapatería para una academia de costura, corte y confección.

Desde hacía unos años, los clientes de la zona llevaban a remendar algunos de los rotos de sus atuendos. Suelas y tapas a parte, se dedicaban a coger bajos de pantalones, faldas o abrigos; poner botones, arreglar cremalleras e, incluso, coser sobre descosido. Un joven de rasgos latinos se encargaba de los textiles de la tienda. Entre cortes y medidas, el trabajo se desbordaba y los encargos se acumulaban. La contratación de un nuevo miembro en Kanviox era necesaria.

María del Puerto Prieto empezó flirtear con el diseño a la temprana edad de siete años, cuando ella y su Nancy se reunían en largas sesiones de juegos y retales de telas para crear vestidos dignos de pasarelas imaginarias. A los dieciséis, con la esperanza pero la imposibilidad económica de ser peluquera, María, comenzó sus estudios de patronaje que culminó en tan solo dos años. Al tercero ya era profesora de una academia propia.

Con un currículum curtido por tijeras afiladas y zurcidos, la profesora, con más de diez máquinas de coser en toda su trayectoria, era la candidata perfecta para Kanviox y su sobredemanda en arreglos. Sin embargo, un nuevo negocio se plantea en la zapatería. La excesiva demanda y el tirón televisivo que tiene series como Tiempo Entre Costuras o Velvet, replantea de nuevo un negocio casi olvidado: academia de costura, corte y confección.

Con la academia me arriesgué totalmente”. –María Dolores Marín.

Tres días y la demolición de un tabique hicieron falta para colgar una pizarra e instalar cinco mesas con su correspondiente flota de máquinas de coser. Estanterías y una cuenta en la prestigiosa distribuidora de telas, Rafael Matías, en Bilbao, ponían el broche al negocio. Las antiguas clientas, gracias al boca a boca, se fueron apuntando a la academia. Algunas con la intención de aprender a coser a máquina. Otras, por el contrario, deseando coger la regla de confección empezar a dar vida a los diseños que tenían en mente. Las primeras allanaron el camino a las segundas. Al abrir la academia se contribuyó a algo que existía y que ahora mismo sigue existiendo, pero que estaba en demodé.

Medidas de hombres

Un adolescente boliviano observa coser a su madre, con la destreza característica de una desenvoltura de años, con curiosidad. Lo que empezó siendo eso, simple curiosidad, fue transformándose en destreza, unos pinchazos y unos cuantos dobladillos de trapos después. Ahora, algo más de dos décadas después, a los treinta y seis, a más de 9.500km de distancia de su hogar, Ariel Apaza trabaja como costurero en la zapatería de María Dolores.

Colaborando con la academia entre encargo y encargo, Ariel hace frente a los comentarios sexistas y los clichés que hacen referencia a que “coser es cosa de mujeres o gays”. Nada más lejos de la realidad, el boliviano no duda en aferrarse al recuerdo de Oscar de la Renta, diseñador dominicano ya fallecido y consagrado, entre otras cosas, por haber vestido a Jacqueline Kennedy.

Es sexista creer que esta habilidad es tan solo cosa de mujeres”. –Ariel Apaza.

Ariel anima a los hombres a coser sin prejuicios. Él, amante de su trabajo entre canillas e hilos de hilvanar, no duda en superarse cada día no solo arreglando ropa, sino personalizando la suya propia.

Creatividad anti crisis

Crear es, sin duda, el motivo principal por el que las, principalmente, alumnas comienzan sus estudios de corte y confección. En el siglo XXI, donde multinacionales de la industria de la moda abogan por el consumismo ingente, la saturación de cánones y estilos y guían, con un derecho que la sociedad les ha otorgado, a las masas por el camino del “buen vestir”, llevar algo de tu puño e hilo es salirse del redil. Crear. Revelarse como ser humano individual. Visualizar tu propio diseño y llevarlo a cabo es una tarea que necesita dedicación, esfuerzo y un poco de estudio. La satisfacción de lograrlo ya de por si es un abrigo acogedor.

La economía actual ha dado un empujón a la necesidad de aprender a coser” –María del Puerto Prieto

No solo se trata de ser diferente, sino también de tener una alternativa de negocio poco usual, pero con la seguridad de ganar o ahorrar un extra al mes. Coger el bajo a un pantalón cuesta entorno a los 8€ en Bizkaia. Estrechar una chaqueta, oscila entre los 11-17€, y sube de precio si ésta tiene forro. Teniendo en cuenta que la variedad de tallas, a pesar de ser amplia en Europa, no siempre corresponde con medidas intermedias, gran porcentaje de la ropa debe arreglarse. Hacerlo en casa es una forma de ahorrar.

Los hay más atrevidos que no se conforman con ahorrar, sino que invierten y apuestan en ganar algo de dinero con ello. Jóvenes estudiantes que se animan a la aventura a golpe de pedal y amas de casa con ganas o necesidad de algún ingreso extra, dedican su tiempo a arreglar como buenamente pueden prendas de sus compañeros o familiares. En tiempo de crisis, es una buena alternativa.

Es común escuchar como adultos de esta sociedad actual cómo expresan estados inmensos de soledad e insatisfacción con la vida, incluso cuando han logrado realizar sus necesidades básicas. Por ello, actividades manuales y creativas como el diseño o la confección, benefician tanto a jóvenes como adultos a distraerse de la rutina diaria, mejorando su autoestima y su salud mental, reforzando su seguridad, entablando nuevos círculos sociales, nuevas metas y desafíos.

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